
[Publicat a TuPeli (04/2013)]
Ahora sí, con este capítulo cerramos las crónicas de la tercera edición del que es
por méritos propios el mayor festival de cine online del mundo.
En el pasado escrito hablábamos de algunas de las más gratas propuestas
que había dado el Atlántida, pero lo cierto es que hay más cine que
comentar y nombres propios que mencionar –ahí están Abbas Kiarostami,
Ewan McGregor, o Eva Green por ejemplo–. Así, como ya vaticinábamos en el anterior texto, tristemente también quedarán varias películas sin reseñar de lo que ha sido la edición más completa y diversa hasta la fecha,
compendio de tramas que, por otro lado, formulaban un discurso
inteligible en torno a la temática planteada. Ya lo hacía la pasada
edición del festival y lo retomaba esta última, centrándose en la
generación de jóvenes de veinte y treinta años perdidos en el océano de
las incertidumbres, con extravíos de todo tipo que el cine va reflejando
en tanto que arte vivo, cada vez más asequible no sólo en su difusión
sino también en su producción, y del que el festival organizado por
Filmin sirve de plataforma.
Amoríos
La temática en cuestión no podía, por supuesto, omitir el aspecto
sentimental, ampliamente representado en el AFF con una incisión
especial en las relaciones homosexuales, con cinco propuestas que
hablaban al respecto desde ópticas heterogéneas. Para empezar,
en la Sección Atlas nos encontramos con Los invisibles (Sébastien Lifshitz, 2012)
, documental ganador del Premio César de la Academia francesa
en su categoría que rescata las vivencias de varias parejas de
lesbianas y gays de la tercera edad que en su juventud reivindicaron el
derecho a la libertad sexual. Lifshitz expone, básicamente, una
compilación de testimonios de esas luchas colectivas, de gente que en su
día quiso quitarse la máscara en público y dejar de esconder su
sexualidad por el absurdo pudor social que los mantenía en el
ostracismo, gracias a los cuales hoy existen leyes de matrimonio
homosexual, de adopción, y otros avances en aquel entonces impensables.
Como el reciente documental
Ralf König, rey de los cómics de Rosa von Praunheim (2012), que centrándose en la figura del dibujante toma también el asunto de la liberación sexual,
Los invisibles
no pretende ningún tipo de floritura formal, sólo deja explayarse a sus
protagonistas y transmite las valiosas experiencias de quien ante el
chaparrón osó descubrirse.
Brotherhood (Nicolo Donato, 2009) es, en
ese sentido, un más difícil todavía. Aunque se trata de un film de
ficción, también habla de la liberación sexual en un contexto
desfavorable, encadenado como
Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) a la virilidad prototípica que ni contempla la posibilidad del amor homosexual.
Donato centra la acción en un grupúsculo de skinheads daneses entre los que, adivinen, hay un par de ovejas negras
que a pesar de su aturdidísima condición sexual no dudan en apalear a
gays, inmigrantes, y demás colectivos vulnerables a la violencia
fascista. A diferencia de otras propuestas del festival, como la ya comentada
L’Âge atomique (Héléna Klotz, 2011) o
Keep The Lights On (Ira Sachs, 2012), lo más interesante de
Brotherhood
no es la relación amorosa en sí, sino la exploración psicológica de su
guion, que indaga en las disyuntivas existenciales de quien odia lo que
irremediablemente es. La trama maneja con acierto ese doble
filo, tierna en ocasiones y muy dura en otras, y cuenta además con las
notables actuaciones de David Dencik –a quien ya veíamos en
Call Girl (Mikael Marcimain, 2012)– y un Thure Lindhart hasta tres veces protagonista en los film del Atlántida, con la misma
Keep The Lights On y
Truth About Men (Nikolaj Arcel, 2010).
Pero los amores, desamores y accidentadas salidas del armario no se
acaban aquí. Por un lado, la ya citada cinta estadounidense Keep The
Lights On relata la vida y muerte de una pareja que, a pesar de
infinitos obstáculos y pesares, procura seguir adelante, contando con un
guion sumamente sensible escrito por el mismo Ira Sachs y Mauricio
Zacharias. Lo mismo pasa con
Ausente (2011), con guion y
dirección del argentino Marco Berger, que habla en este caso de una
relación que nunca llega a ser en la que los deseos y las sensaciones
están a flor de piel. Las miradas penetrantes y la comunicación gestual
son claves en el film de Berger, que describe el desasosiego emocional y
los amores platónicos con un logrado lenguaje implícito.
Cuatro películas más, para acabar

Empecemos estas líneas finales con un film de ciencia ficción que se coló, junto con
la peculiar Berberian Sound Studio (Peter Strickland, 2012), en la Sección Atlas de un festival poco propenso al cine de género. Se trata de
Perfect Sense (David Mckenzie), incursión británica en los apocalipsis modernillos que, como
Take Shelter (Jeff Nichols, 2011) o
4:44 Last Day On Earth (Abel Ferrara, 2011),
tiene una marcada predilección hacia lo onírico, nada que ver con las hipérboles palomiteras de Roland Emmerich y compañía. Escrita por Kim Fupz Aakeson –otro nombre que se repite, coautor también de
A Somewhat Gentle Man (Hans Petter Moland, 2010)–,
Perfect Sense
habla de un fin del mundo en el que los humanos pierden progresivamente
los sentidos. En efecto, el planteamiento recuerda inevitablemente a
dos precedentes novelescos ineludibles: uno,
El día de los trífidos (1951), del también británico John Wyndham, y el otro, cómo no, el
Ensayo sobre la ceguera (1995) de José Saramago, adaptado a su vez al cine por Fernando Mereilles.
McKenzie se apunta así a los juicios finales new age,
que, como alterados predicadores en la plaza del pueblo, instan al
arrepentimiento y a la reflexión social como expiación cuasi religiosa. No obstante, y a pesar de tendencias, influencias y referentes,
Perfect Sense
tiene suficiente personalidad como para no considerarse un sucedáneo,
planteando algo valiente en tanto que fin de los tiempos desconcertante y
ridículo, tan inexorable como la misma naturaleza. Empieza el film con
pose romanticona; se conocen chico y chica –ahí están Ewan McGregor y
Eva Green–, y comienza una relación de encuentros casuales que irá a más
al tiempo que, de forma progresiva y siempre después de instantes de
enajenación colectiva, la gente empezará a perder los sentidos, primero
el olfato, al cabo de un tiempo el gusto, etc., tornándose todo turbio,
incierto y pesaroso a la vez que más vívido e intenso. En estos momentos
de locura generalizada, en el esforzado retomar de la cotidianeidad,
hay algo de gracioso, hasta ridículo, que lejos de empañar el conjunto
lo realza. Ni Mckenzie ni Aakeson se arrugan en ese punto, extirpando la
homogénea solemnidad de otros apocalipsis similares, tan serios y
acicalados, y mostrando la naturaleza humana en todas sus dimensiones,
también la desquiciada, la patética, la que en pleno terremoto saca a la
calle las amas de casa a gritos, con su batín rosa, sus legañas y sus
rulos a medio hacer.
Perfect Sense es al fin una
interesante aportación a esta suerte de subgénero tan potente y tan de
moda, una historia que, como las actuaciones protagonistas, va de menos a
más y culmina intensamente, como el amor.

Cambiamos felizmente de isla y nos vamos para Japón, otro país
propenso a la calamidad, real y ficticia, encargado de acoger lo nuevo
del realizador iraní Abbas Kiarostami, quien no conforme con su periplo
toscano, tan europeo como el mismísimo
Desprecio de Godard
(1963), penetra ahora en los entresijos de la sociedad nipona con un
argumento tan simple como cebado de diálogos de engañosa ligereza que no
pueden disimular ciertas ínfulas de trascendencia –nada que ver por
suerte con la sonatina constante y pretenciosa de
Copia certificada (2011)–.
Like Someone In Love cuenta un capítulo de la vida de un hombre mayor en busca de compañía, una joven cortesana perdida en la inmensidad de Tokio y un novio despechado y enfermo de celos.
Kiarostami conduce la convergencia de estos tres personajes en un día
cualquiera de la capital japonesa sin pasar de la segunda marcha, con
parsimonia, contados acelerones, y un sabidísimo ritmo que a pesar de su
lentitud nunca se hace pesado. Por ello y por su camaleónica cámara,
que se inmiscuye en el día a día japonés con total desenvoltura y
credibilidad –como también lo hacía, a pesar de todo, en la Italia de
Copia Certificada–,
el director iraní demuestra unas tablas como la copa de un pino. A propósito de eso,
no
deja de llamar la atención la cantidad de directores de vanguardia que
han rodado sus particulares cuentos de Tokio, como si de un requisito
indispensable del buen cineasta cool se tratara. Ahí está
Coppola con su traslado (
Lost in Traslation, 2003),
Noé con su vacío (
Enter The Void, 2009),
Coixet con su mapa (
Mapa de los sonidos de Tokio, 2009) y
Carax, Gondry y Joon-ho con su
Tokyo!
(2008). Sin embargo, Kiarostami se desmarca de todos ellos despojándose
de lo propio y adoptando desde el principio una mirada local que
prescinde de referentes foráneos; ni actores extranjeros, ni apenas
alusiones a un mundo externo que durante cien minutos le deja de
interesar. Ese logrado localismo contrasta con el tema que trata,
extrapolable a cualquier cultura y mil veces narrado, que es el temor a
la soledad y el amor entre sexual y paternal de un hombre mayor hacia
una chica joven. Desde los mitos griegos hasta los relatos pop a lo
Lolita (Vladimir Nabokov, 1955), películas como la misma adaptación de Kubrick (1962),
El arco de
Kim Ki-duk (2006) o el último trabajo de
Fernando Trueba,
El artista y la modelo
(2012), registran a abuelos suspirando por bellas muchachas, alter
egos, a menudo, de sus mismos autores. Valiosa, en todo caso, la nueva
inmersión cultural de Kiarostami.
Acabaremos con dos películas que, directa o indirectamente, nos remiten al
trending topic de nuestros días por antonomasia: la crisis. La primera,
Boy Eating the Bird’s Food,
es el debut en largometraje del griego Ektoras Lygizos, extraña
película que corrobora una vez más los demenciales derroteros que está
tomando últimamente la cinematografía helena. No en vano, lo último que
nos ha llegado de allí ha sido el cine de Giorgos Lanthimos y sus
sonados microclimas humanos, con
Canino (2009) y
Alps (2011), y otras interesantes marcianadas como
Attenberg (Athina Rachel Tsangari, 2010) o
In the Woods (Angelos Frantzis, 2010).
La que aquí nos ocupa es quizás la más terrenal,
que ya es decir, porque tiene como contexto la Atenas actual,
desvalijada y deprimida, que es recorrida por un joven errático y muerto
de hambre. Falta a las apariencias el film de Lygizos, lejos del
lloriqueo o el drama social, y
retrata vivencias con vocación voyeur,
con una cámara que acompaña al protagonista desde la calle hasta el
baño, y lo ve comer, lo ve cantar y lo ve masturbarse en un proceso cada
vez más psicótico y visceral que se presume metafórico del desdichado
país mediterráneo.

Cerramos ahora sí con
Los ilusos, film de
clausura del Atlántida Film Fest y otro reflejo de la crisis más por lo
que representa que por lo que explica, en tanto que cine joven y austero
que apela a la creatividad muy por encima de unos recursos que se
antojan escasos. Dirigida por el joven director madrileño
Jonás Trueba,
este ejercicio de metacine explica diversidad de vicisitudes en torno a
un cineasta –mucho de autobiográfico, se supone– y su alrededor, sobre
el lenguaje del séptimo arte, hacer cine, verlo, etc.
El
ejercicio de estilo de Trueba júnior era la guinda ideal para este mes
de cine que reunió a más de 30.000 espectadores para ver otro cine,
alternativa fresca que crece cada año ofreciendo salidas reales a cine
injustamente enclaustrado en círculos demasiado chicos y que encuentran
en esta plataforma, que emerge año tras año, un potente difusor. Yo por
mi parte, y después de treinta días sumergido en la Atlántida –cada vez
más concurrida, oiga–, salgo ya a la superficie y guardo al fin la
escafandra, hasta el año que viene.
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